Manolo es uno de los mensajeros con los que trabajo. Es un hombre mayor, amable, enérgico y frecuentemente trae un puro entre los labios. A veces viaja acompañado de una mujer de su edad. Él se encarga de los envíos pesados o voluminosos y los recoge a ultima hora de la jornada. A esa hora es más tranquilo trabajar, comenta.
miércoles, 27 de febrero de 2008
Manolo es uno de los mensajeros con los que trabajo. Es un hombre mayor, amable, enérgico y frecuentemente trae un puro entre los labios. A veces viaja acompañado de una mujer de su edad. Él se encarga de los envíos pesados o voluminosos y los recoge a ultima hora de la jornada. A esa hora es más tranquilo trabajar, comenta.
viernes, 8 de febrero de 2008
Pedrada
Por: Rosana Zinni.
Nos separamos hace siete años, pero esa mañana me despertó el olor de su casa. Olor a casa antigua de los suburbios de Buenos Aires, a hojas de libros nuevos y a paredes descascaradas por la humedad. Él fumaba Marlboro y a mí no me molestaba su humo, ni el olor a madera vieja de los muebles que había heredado de su abuela. La cocina, desangelada, con apenas comida, olía al hule con que forraba los armarios. Ahora me pregunto con qué se alimentaba. El fondo de su casa era seis metros de maleza en la que en verano nacía una nube de mosquitos. Un fin de semana de calor cortamos los pastos y el domingo, al anochecer, hicimos una fogata enorme y naranja.
Poco tiempo después vi un rasguño extraño en su espalda y a los pocos días una camisa manchada con un rouge que no era el mío. Pero yo no estaba dispuesta a aceptar que me engañaba y menos aún tampoco a perdonarlo. Una tarde de otoño me paré frente a su casa y tiré una piedra contra su ventana. Uno de los vidrios cayó hecho añicos. Nunca más, despiertos, hablamos.
jueves, 7 de febrero de 2008
Acerca de la bañera perdida.
Por: Rosana Zinni.
Todo comenzó con una disputa matrimonial, con una gran discusión. Él sabía que mi lugar preferido de la casa era la bañera y dos días después de la pelea tocó el timbre Ramasan y su cuadrilla de albañiles ucranianos; esa misma noche la bañera estaba en la calle. Concebido en el despecho, el nuevo plato de ducha nos trajo varios problemas: grifos por los que sólo salía aire, resbalones y, por supuesto, más riñas.
Un mes más tarde volvió Ramasan: el problema de la tubería era peor de lo pensado y llevaría una semana de obras. Cansada de lavarme como en un campamento, contemplé, aunque con cierto temor, la posibilidad de ir a los baños públicos de la Glorieta de Embajadores.
Acostumbrada a que todo tipo de encuentro sexual se escondiera tras el eufemismo de baño público, desde la esquina observé que tipo de personas entraban en el lugar. Durante diez minutos nadie entró y me cansé de esperar.
Adentro todo es blanco y en una cabina una empleada joven lee la revista Cuore, a su espalda varias pantallas muestran unos pasillos vacíos. Dos carteles informan que el pase cuesta 15 céntimos, que la ducha dura 20 minutos y que es un servicio municipal. Le pido un vale, deslizo las monedas debajo del vidrio y me quedo mirándola, sin saber que preguntarle primero. Me indica: pasillo de la izquierda, doble a la derecha, cabina número cuatro.
Aunque todo parece dejar en claro que nada de ligue en ese lugar, igualmente me siento inquieta. Cuento tres cámaras a lo largo del pasillo blanco. Cruzo a una mujer encorvada y de mirada esquiva que lleva el pelo mojado y los ojos pintarrajeados de celeste. En el gabinete, un recinto de 4 x 2 con azulejos blancos, todo es meramente funcional, no hay ningún objeto decorativo ni de color y está absolutamente limpio, o eso parece. Un tabique divide el espacio a la mitad: el primero con dos ganchos en la pared y un banco bajo de madera y el otro con una roseta, un grifo pequeño de cierre automático y un desagüe: todo en línea recta. Antes de desnudarme me aseguro de que no haya ninguna cámara. Saco mis zapatillas de goma y la toalla, y me entero de que me olvidé el jabón. El aire es aséptico y tibio, una mujer tararea en alguna cabina cercana. Por un momento pienso que algo bueno debía traer el tema de la bañera: conocer lugares nuevos, experimentar. Intento abrir la ducha, aprieto el grifo cuatro veces y muevo la roseta pero me resisto a volver a vestirme y preguntar cómo funciona. El primer chorro frío me acierta en el flequillo y el buen humor me desaparece. El agua no es escasa pero si fría y luego tibia y después algo caliente y nuevamente fría. Mantengo continuamente presionado el grifo, intentado conseguir una constante de caudal y temperatura, pero no me enjabono y me quedo mirando cómo se salpican mis zapatos rojos. La mujer que cantaba ahora grita ¡aqua, aqua!
El desagüe debe estar tapado, porque el agua va subiendo. Casi me alcanza los dedos de los pies y aunque se me cierra el estómago espero el último toque de agua caliente. Sobre la piel un poco húmeda me pongo ropa limpia. Salgo de la cabina y regreso a ver si me olvidé algo.
